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APUNTES DE PATRIMONIO CONTRA EL CONFINAMIENTO # 6

PATRIMONIO INMATERIAL. LA malas: BIOCOMBUSTIBLE LOS HORNOS DE CERÁMICA

Quien pierde los orígenes, pierde identidad. Esta frase de Raimon es más que válida para la sociedad actual, que olvida demasiado rápidamente todo lo que no le sirve, pero que ha sido fundamental para su progreso. No hace tantos años, los hornos redondos alimentados por malea eran vitales para la subsistencia de la industria azulejera. La irrupción de los combustibles fósiles hizo desaparecer una actividad, un modo de vida, y un tejido económico y social del que formaban parte numerosas familias.

La mayor parte de lo que rodeaba al negocio de la malea se transmitía de padres a hijos de forma oral y experiencial. La falta de documentación escrita u otras fuentes como la imagen (fotografía o vídeo) hacen que todo se limite, casi de manera exclusiva, a la memoria oral de aquellos que formaron parte de esta actividad. Maleas como Ramón Garcés o Manuel Montserrat nos han ayudado a conocer y documentar la dinámica del trabajo al cabo. Y nuestro querido alfarero Antonio Nomdedéu, desde su sabiduría encuentro a lo largo de toda una vida dedicada a la alfarería, nos ha ilustrado sobre terminología, medidas, consumo, ritmos de cocción, etc. Antonio nos ha recordado muchas veces las palabras de Ilse Schutz, apasionada estudiosa de la cerámica popular española: en barro, todo lo que no se escribe está condenado a desaparecer. Gracias Antonio, Ramón y Manuel por haber compartido con nosotros sus conocimientos, para ayudarnos a no perder del todo nuestros orígenes. Así, seguiremos teniendo identidad.

La "malea", la leña de los "ermite" del término (tierras baldías, no cultivadas, dominio del coscoja, la aulaga, la matizar y de plantas aromáticas como el romero o el tomillo) ha sido por excelencia el combustible para la cocción cerámica en Alcora por su poder calorífico. Toda la comarca del Alcalatén abasteció de malea tanto las primeras alfarerías documentadas en el siglo XVI, como la Real Fábrica del Conde de Aranda, y también las fábricas de mostrador hasta la aparición de los hornos de gasóleo, hacia la década de 1970. Se trabajaba por cuadrillas. El empresario alquilaba un terreno, acordando con el propietario un precio para cortar la malea, y la cuadrilla se ponía a trabajar. A mediados del siglo XX fue tal el consumo que todo el monte estaba limpio, hasta el extremo de que los colonos debían guardarse alguna aulaga para soflimar la piel del cerdo en la matanza.

La unidad de medida de la malea es el Gavell, que está formado por 4 tomas. Cada toma suele ser una mata; 3 tomas son más o menos iguales, y el exterior un poco más pequeña y de una especie que no pinche, porque es la que está en contacto con el lomo de las caballerías y con las manos de los cortadores.

Cada caballería se cargaba con 16 gaVilas. Es lo que constituye una carga. En tiempos más modernos, cuando la malea se transportaba con carros o camiones, se seguía empleando la medida "carga"; así, un camión podía transportar entre 40 y 80 cargas, dependiendo de su tamaño. Es decir, entre 640 y 1.280 gaVilas.
En cuanto al consumo, es muy variable y dependía de factor diversos tales como el tipo de material a cocer (barro, loza, mostrador) o las condiciones meteorológicas (humedad, temperatura). En la Real Fábrica se calcula que cada hornada consumía entre 2.400 y 2.600 gaVilas, si bien esta es sólo una cifra orientativa. Como curiosidad, hay que decir que en tiempos modernos, en las fábricas de tablero se pagaba la malea por cargas, pero en la Real Fábrica era por hornada, independientemente de la malea que se consumiera.

Hoy, el trabajo de la malea ha convertido en un recuerdo de otros tiempos. Unos tiempos de comunión con la naturaleza, de explotación sostenible de los recursos. Perdida su funcionalidad dentro de la cadena de la producción industrial, ha quedado circunscrito a demostraciones y recreaciones, y es nuestra obligación mantener su memoria, en forma de documentos escritos o visuales, con tal de que siga formando parte de nuestro patrimonio cultural, de nuestra identidad.